lunes, 16 de septiembre de 2013

La ingeniería y el amor:


La vida amorosa de un ingeniero químico está muy alejada de ser algo convencional. Para muchos es como el aguinaldo: aparece una o dos veces al año y se gasta en segundos.

Como ya he reiterado, la vida laboral en esta profesión es complicada debido a la falta de tiempo; el área de trabajo queda siempre lejos y se pierde mucho en viajar a la planta industrial donde uno se dedica a explotar su conocimiento en función de producir esos bienes que todos necesitamos para vivir con confort.


Un ingeniero promedio, entonces, es una persona ausente en su hogar durante casi todo el día, causa suficiente para ganarse una frente bastante adornada.

Su esposa, de golpe, tiene dos celulares, lo cual en este individuo no despierta sospechas porque piensa: “Qué suerte que tiene mi mujer; por fin le dieron un número de la empresa, ahora va a gastar menos y me va a llamar más…”.

Luego está el caso de los ingenieros que por trabajo se radican en países que difieren idiomática y culturalmente de su entorno natal. Ahí pueden ganar mujeres por considerarse exóticos, o despertarse en una bañera con hielo y una linda cicatriz en la panza porque pensaban que eran los reyes de la noche en Serbia.

También hay que considerar los argumentos que muchas veces abordan estos técnicos queriendo seducir a una mujer... explicándole acerca de la eficiencia de platos de una columna para destilar normal-hexano o cómo procesan la sangre de pollo en un frigorífico regional. Todos temas muy alejados del coito.

En definitiva, hay que estar acostumbrado al cambio: al de lugar, de puesto, de sueldo, de tareas, de sexo, etc., y ser optimista en esta profesión. No nos va tan mal. Con suerte, cuando nos jubilemos tendremos tiempo de ir a menear las caderas, si para esas alturas las prótesis son buenas.


Ingeniero Chofer de Taxi

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